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Qué más dará

domingo 24 de agosto de 2008

Qué más dará,
que ahora no me quiera sentar,
que mi jefe no me deje en paz,
que mi vecino del undécimo
sea mi enemigo más acérrimo.

Qué más dará,
si ayer compré pan para hoy,
si en ocasiones no sé dónde estoy,
si crea o no que las lanzas
son de mi orgullo propietarias.

Qué más dará,
cuando el petróleo sube y baja,
cuando no hay dinero en la balanza,
cuando el mundo en el que vivo
lo vea en ocasiones carente de sentido.

Qué más dará,
el deporte en Pekín,
el esfuerzo del ciclista en el sprint,
el balón en la canasta contraria
de un Pau Gasol con medalla asegurada.

Qué más dará,
la falta de coalición humana,
la no comunicación sincronizada,
la bandera que con sus colores
aún hoy separa naciones y sinrazones.

Qué más dará.

Hoy he muerto ciento cincuenta y cuatro veces,
más todas las que ni en telediarios aparecen.
Así que,
por todas y cada una de ellas
levanto mi vaso,
brindo con la más amarga de las cervezas,
y tomo la pluma entre mis manos
para plasmar lo que sale de mis venas.

Viviré vuestras ilusiones y deseos
desde mi lado más dulce y más tierno.
Viviré vuestros temores y miedos
desde mi lado más oscuro y más fiero.
Lo haré,
porque vuestra historia no quedará
empañada en un triste y macabro final.

Respiro, lo demás...
qué más dará.

La gran escuela de soñadores

viernes 1 de agosto de 2008

La sensibilidad,
la gracia de María
con Miguel Ángel y su Piedad.
La Escuela de Atenas,
Egon Schiele y Gustav Klimt,
que precisamente, en la plaza Venecia los descubrí.
Brunelleschi,
artistas en las callejuelas,
de una ciudad siempre eterna
que marcó un punto de inflexión dentro de mí.
Pasquino, sus reivindicaciones,
la plaza de España con decenas de escalones.
La Navona,
tras la de San Marco, la más bella y poderosa,
con sus músicos, sacacuartos,
turistas y pintores.

Arrogantes edificios de una época imperial,
Coliseo, arcos del triunfo,
Ben Hur y su circo,
y hasta mendigos sin hambre para su pan.

Cafeterías en las esquinas,
calles repletas de pizza al corte,
cappuccini tomados de pie,
porque en el momento en que te sientes,
el camata te cobra el doble.

Derroche de arte hasta en los estancos,
insolentes miradas
de los tópicos italianos
a las más bellas muchachas.

Filósofos del pomodoro,
tertulias banales hechas ensayos,
porque si hay algo
que a un romano se le da mejor,
es el amor a la palabra
sea cual sea el tema de la interlocución.

Cómo no hablar
del Vaticano,
con su acceso por la via della Conciliazione,
sus maravillosas entradas,
sus cientos de columnas
y sus riquezas guardadas tras los portones.
Obras cumbre antes citadas,
majestuosas esculturas
salpicando esta hipócrita morada,
con la intención de gritar a un sordo dios
¡para que veas, esta es tu casa!

Evidente,
no me iba yo a olvidar
de la plaza del Popolo,
punto clave en esta ciudad,
que nos servía de reposo
a un servidor y al también errante Alonso
en la búsqueda de un puesto donde currar.
Pero lo más gracioso
era escuchar una ambulancia un lunes al sol,
irónico momento en el que brincábamos,
ya que teníamos la vana ilusión
de que habían dejado libre
un nuevo puesto de trabajo.

En fin,
que entre tanto cura,
soldado, general, ladronzuelo,
dos tristes líneas de metro,
tráfico, adoquines,
inmigrantes como yo
pero con verdadera necesidad,
con una mano delante y otra detrás
me planté un día allí.
Cinco mesecillos viví,
de una experiencia tan inclasificable
como intensa,
tan reveladora
como para mí hoy nada ajena.
Una ciudad en la que
los ascensores suben a los más bajo,
y los revisores controlan
la caída de la bolsa
de un tío que alzó el vuelo
y no pasó del piso cuarto.

Sin embargo, tras tanto tiempo sin pisarla
por no poder sujetar el corazón en mi pecho,
quiero volver de nuevo a ella
y que otra vez me susurre a la oreja:
“Mira chaval, la vida es así como tú la tratas,
no intentes malgastarla
con cuentos de hadas
y rastreras falacias.
Agárrala por los cuernos y sal al ruedo,
que en el momento que veas al morlaco,
él se acercará a ti,
y juntos, sin prisas ni tormentos,
degustaréis sin un ápice de cordura,
con estoques, cornadas, picadores y banderillas,
un acto tan brutal como sangriento…”

Pero en esta historia, el bravo animal
no muere como en tantas otras corridas,
que se va con el torero al bar
a tomar unas cañas y un pincho de tortilla.