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Nunca supe, a fin de cuentas, si saber es cosa de sabios.
VIII
viernes, 13 de noviembre de 2009Publicado por oliver sotos gonzález en 21:21
VII
Nunca supe si las lágrimas son del llanto ni si reír es símbolo de la felicidad en un momento dado.
No hay nadie. Soy consciente de lo que implica esta afirmación. No hay nadie. Hace tiempo ya que mis ojos se acostumbraron a esta penumbra, a este plato de madera y a la cuchara de hojalata. ¿Por qué no hay nadie y sin embargo cada día recibo el alimento necesario para poder subsistir?
Tibios rayos de sol se cuelan por la rejilla del techo. Me impresiona pensar que todavía los recuerdo, que no me resultan extraños. Será por eso que la humedad y la oscuridad todavía requieren de mi atención en este reducido cubículo. Dicen que nos acostumbramos a todo pero no es cierto. Ahora mismo el rocío me impide quitarme el saco que permite el abrigo de mis encallados huesos.
Todo me resulta más extravagante por lo ridículo. Cada movimiento, cada respiración, cada recuerdo. ¿De qué sirven si no existe el medio en el que plasmarlos?
Es extraño. Antes disfrutaba con esos lugares, con esas pieles sensatas y brillantes que acariciaban el lomo de ese lobo desahuciado. Antes paseaba por colinas, valles, ríos y mares. Antes era alguien en tanto que no deseaba llamar si no podía escuchar. Antes... Ahora antes y después han perdido su sentido, su pie y su camino. Su derecho a existir. No me turbo al reconocer que en este reducto de negros y grises la luz, que por ínfima se cuela entre fisuras por el cubierto de esta estancia, lo único que hace es redundar sobre la misma cuestión: la vida me la llevo, aquí se queda un alma y su tesón. ¿He dicho aquí? No existe al no haber adverbios que me sodomicen. Ya no sé qué pensar.
Ah, la razón. Poderosa Afrodita de piernas largas y suaves curvas. Si no fuera por ella no estaría vagando entre estas paredes de pedernal. Me proporcionan el agua necesaria para que no vierta más lágrimas. No moriré deshidratado porque el sudor también es líquido que cae por la traquea hasta llegar al estómago. Esto es algo que no es, que no permanece, que no sabe, que no siente. ¡Quiero salir!
...
- ¿Entonces está de acuerdo con las condiciones?
- Por supuesto.
- Va a ser duro, muy duro.
- No me importa.
- Eso lo dice usted ahora... Ya sabe de qué trata este experimento. Va a ser cobaya humana durante un periodo de tres meses en los que estará incomunicado. Como ha visto usted, la habitación está acolchada, ya que no sabemos las consecuencias de su aventura. Por supuesto, le privaremos tanto de reloj como de cualquier señal que le ayude a saber de su situación en el tiempo. Una cosa es segura, habrá momentos en los que se sentirá desesperado. Son los que más nos interesa. Lo que importa es su reacción.
- Correcto.
- Por última vez. ¿Está usted seguro? Ha firmado un contrato por el que ni suplicando la salida de la cámara le abriremos la puerta.
- Estoy seguro.
- En fin. La suerte está echada.
No hay nadie. Soy consciente de lo que implica esta afirmación. No hay nadie. Hace tiempo ya que mis ojos se acostumbraron a esta penumbra, a este plato de madera y a la cuchara de hojalata. ¿Por qué no hay nadie y sin embargo cada día recibo el alimento necesario para poder subsistir?
Tibios rayos de sol se cuelan por la rejilla del techo. Me impresiona pensar que todavía los recuerdo, que no me resultan extraños. Será por eso que la humedad y la oscuridad todavía requieren de mi atención en este reducido cubículo. Dicen que nos acostumbramos a todo pero no es cierto. Ahora mismo el rocío me impide quitarme el saco que permite el abrigo de mis encallados huesos.
Todo me resulta más extravagante por lo ridículo. Cada movimiento, cada respiración, cada recuerdo. ¿De qué sirven si no existe el medio en el que plasmarlos?
Es extraño. Antes disfrutaba con esos lugares, con esas pieles sensatas y brillantes que acariciaban el lomo de ese lobo desahuciado. Antes paseaba por colinas, valles, ríos y mares. Antes era alguien en tanto que no deseaba llamar si no podía escuchar. Antes... Ahora antes y después han perdido su sentido, su pie y su camino. Su derecho a existir. No me turbo al reconocer que en este reducto de negros y grises la luz, que por ínfima se cuela entre fisuras por el cubierto de esta estancia, lo único que hace es redundar sobre la misma cuestión: la vida me la llevo, aquí se queda un alma y su tesón. ¿He dicho aquí? No existe al no haber adverbios que me sodomicen. Ya no sé qué pensar.
Ah, la razón. Poderosa Afrodita de piernas largas y suaves curvas. Si no fuera por ella no estaría vagando entre estas paredes de pedernal. Me proporcionan el agua necesaria para que no vierta más lágrimas. No moriré deshidratado porque el sudor también es líquido que cae por la traquea hasta llegar al estómago. Esto es algo que no es, que no permanece, que no sabe, que no siente. ¡Quiero salir!
...
- ¿Entonces está de acuerdo con las condiciones?
- Por supuesto.
- Va a ser duro, muy duro.
- No me importa.
- Eso lo dice usted ahora... Ya sabe de qué trata este experimento. Va a ser cobaya humana durante un periodo de tres meses en los que estará incomunicado. Como ha visto usted, la habitación está acolchada, ya que no sabemos las consecuencias de su aventura. Por supuesto, le privaremos tanto de reloj como de cualquier señal que le ayude a saber de su situación en el tiempo. Una cosa es segura, habrá momentos en los que se sentirá desesperado. Son los que más nos interesa. Lo que importa es su reacción.
- Correcto.
- Por última vez. ¿Está usted seguro? Ha firmado un contrato por el que ni suplicando la salida de la cámara le abriremos la puerta.
- Estoy seguro.
- En fin. La suerte está echada.
Publicado por oliver sotos gonzález en 13:18
VI
martes, 10 de noviembre de 2009Nunca supe si nadar en el aire es caminar o si el suelo son nubes que guardan alguna que otra enseñanza magistral.
Qué son los pasos sino piedras que cincelan el camino. Y sobre el agua de las cuencas y la hierba de los ríos, decir con más obligación si cabe, que de un tiempo a esta parte todo es reivindicativo. Los turgentes pechos de una preciosa modelo, las suaves caricias de un estilizado convento, las maravillosas pieles del caimán en su agujero. Sí. Todo hoy en día es protesta. Porque se siembra. Porque se pace. Porque se muge y porque se recolecta. Todo. Sí, todo.
Gritos con sordina que no llegan a más por lo edulcorada de la fuente visceral.
Acostumbrado como estoy a rezar por el alimento, a humillarme por un ser superior que ponga paz en este planeta de ensueño, a viajar en el colmo de la piedad por el valle de la esperanza que no es más que un color salido de una pantalla plana.
Llamo a la locura y ella no responde. Se fue hace tiempo, huyendo de nuestro preciado y amamantado norte. Dejándonos salir del manicomio por habernos cortado las alas un miércoles después de haber tomado como lastre hermosas y pudientes alhajas.
Sigamos protestando, cosquillas de medio pelo en el vacío donde no se escucha el sonido, donde la llama no luce y donde el tamborilero golpea el diapasón de las noches encumbradas.
Qué es el color amarillo.
Prefiero volver al tifón.
¿Hubo un segundo acto?
La galerna se lo llevó.
Qué son los pasos sino piedras que cincelan el camino. Y sobre el agua de las cuencas y la hierba de los ríos, decir con más obligación si cabe, que de un tiempo a esta parte todo es reivindicativo. Los turgentes pechos de una preciosa modelo, las suaves caricias de un estilizado convento, las maravillosas pieles del caimán en su agujero. Sí. Todo hoy en día es protesta. Porque se siembra. Porque se pace. Porque se muge y porque se recolecta. Todo. Sí, todo.
Gritos con sordina que no llegan a más por lo edulcorada de la fuente visceral.
Acostumbrado como estoy a rezar por el alimento, a humillarme por un ser superior que ponga paz en este planeta de ensueño, a viajar en el colmo de la piedad por el valle de la esperanza que no es más que un color salido de una pantalla plana.
Llamo a la locura y ella no responde. Se fue hace tiempo, huyendo de nuestro preciado y amamantado norte. Dejándonos salir del manicomio por habernos cortado las alas un miércoles después de haber tomado como lastre hermosas y pudientes alhajas.
Sigamos protestando, cosquillas de medio pelo en el vacío donde no se escucha el sonido, donde la llama no luce y donde el tamborilero golpea el diapasón de las noches encumbradas.
Qué es el color amarillo.
Prefiero volver al tifón.
¿Hubo un segundo acto?
La galerna se lo llevó.
Publicado por oliver sotos gonzález en 00:00
V
domingo, 1 de noviembre de 2009Nunca supe qué es el diablo por ser el cielo un premio demasiado rancio.
Soy libre. Me resulta bizarro el hecho de reconocerlo, pese a que lo percibo cada noche cuando entro por la puerta de mi casa. Un momento. Estoy incurriendo en un error, en una salvedad hipócrita que no va más allá de una microscópica punzada en la pizca de consciencia que me puede acariciar a la hora de preguntarme. No es casa, para comenzar. Tan sólo un piso, aunque, a fuerza de repetirlo, la herida infinitesimal se ha convertido en callo, así que ya ni me afecta.
Vivo en un tercero sin ascensor, en el centro de la más suntuosa ciudad que jamás antes haya visto. Qué pena que no sea partícipe de ella hasta que consigo mi preciada libertad, hasta que oigo el taladrar de la llave en su cerradura, preludio de la entrada en el reino de mi intimidad, en mi reino. Si bien el exorcismo nunca será completo si no procedo con el delicioso desenfunde de mi sobrio uniforme: fuera pantalones, chaqueta, camisa, zapatos y corbata. Ahora sí, a por mi abigarrado pijama.
No es más extraña la combinación si va acompañada por leyes de forma sin fondo, ensimismadas por la canícula de la visión como pobre y sumiso medio de transporte, ni mucho menos. En fin, que ya estoy más cómodo. Mientras abro las cortinas para poder ver el trasiego del tráfico que pasa por delante de mis ventanas, oigo cómo el vapor sale a través del orificio superior de la cafetera. Imposible no acompañar el cortado con un cigarro.
Cómo no repetir las cosas cuando son ciertas. Soy libre.
Presiono el botón rojo del mando a distancia. Enciendo el televisor. Qué bueno el café, en la temperatura que considero justa al añadir la nube de leche necesaria para que mi paladar no sufra ante el cambio brusco de temperatura. Aspiro del cigarro la porción de humo que se anclará en mis pulmones. El telediario en antena y los periodistas instando a sus espectadores, muy elegantemente, eso sí, a constatar como evidentes las porciones de su realidad que nos muestran por la pantalla. Trabajo ineludible, según los tiempos que corren.
Apago la tele. Quiero apurar la última calada a oscuras, con el único acompañamiento de los efímeros pasajeros que se presentan en mi hogar a través de los cristales. Huellas visuales las suyas que se consumen y consumen, cual verbo transitivo e intransitivo a la vez, como el cigarro que tengo entre mis dedos. La penúltima calada, la de la vida. La de la muerte...
Qué melodramático, por favor. Después de todo, ni vivo en un síndrome, ni esta ciudad es la capital de Suecia. ¿O tal vez sí?
Soy libre. Me resulta bizarro el hecho de reconocerlo, pese a que lo percibo cada noche cuando entro por la puerta de mi casa. Un momento. Estoy incurriendo en un error, en una salvedad hipócrita que no va más allá de una microscópica punzada en la pizca de consciencia que me puede acariciar a la hora de preguntarme. No es casa, para comenzar. Tan sólo un piso, aunque, a fuerza de repetirlo, la herida infinitesimal se ha convertido en callo, así que ya ni me afecta.
Vivo en un tercero sin ascensor, en el centro de la más suntuosa ciudad que jamás antes haya visto. Qué pena que no sea partícipe de ella hasta que consigo mi preciada libertad, hasta que oigo el taladrar de la llave en su cerradura, preludio de la entrada en el reino de mi intimidad, en mi reino. Si bien el exorcismo nunca será completo si no procedo con el delicioso desenfunde de mi sobrio uniforme: fuera pantalones, chaqueta, camisa, zapatos y corbata. Ahora sí, a por mi abigarrado pijama.
No es más extraña la combinación si va acompañada por leyes de forma sin fondo, ensimismadas por la canícula de la visión como pobre y sumiso medio de transporte, ni mucho menos. En fin, que ya estoy más cómodo. Mientras abro las cortinas para poder ver el trasiego del tráfico que pasa por delante de mis ventanas, oigo cómo el vapor sale a través del orificio superior de la cafetera. Imposible no acompañar el cortado con un cigarro.
Cómo no repetir las cosas cuando son ciertas. Soy libre.
Presiono el botón rojo del mando a distancia. Enciendo el televisor. Qué bueno el café, en la temperatura que considero justa al añadir la nube de leche necesaria para que mi paladar no sufra ante el cambio brusco de temperatura. Aspiro del cigarro la porción de humo que se anclará en mis pulmones. El telediario en antena y los periodistas instando a sus espectadores, muy elegantemente, eso sí, a constatar como evidentes las porciones de su realidad que nos muestran por la pantalla. Trabajo ineludible, según los tiempos que corren.
Apago la tele. Quiero apurar la última calada a oscuras, con el único acompañamiento de los efímeros pasajeros que se presentan en mi hogar a través de los cristales. Huellas visuales las suyas que se consumen y consumen, cual verbo transitivo e intransitivo a la vez, como el cigarro que tengo entre mis dedos. La penúltima calada, la de la vida. La de la muerte...
Qué melodramático, por favor. Después de todo, ni vivo en un síndrome, ni esta ciudad es la capital de Suecia. ¿O tal vez sí?
Publicado por oliver sotos gonzález en 00:00
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