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IV

jueves, 22 de octubre de 2009

Nunca supe si el miedo es el motor del ser humano por completo.


La tengo en mi mano como la tuve en su momento. Instrumento, como tantos otros. Herramienta, como fruto de la técnica, creada para ser una prolongación de la mano desguarnecida. Curioso fin para la extremidad: posiblemente el lugar más inútil en lo que a protección se refiere. Sin embargo, es el mayor y más hermoso mecanismo con el que nuestro cuerpo se llega a manifestar al mundo. La vida no sería igual sin los cinco dedos y la palma.

Ah, pero si el origen de dicha prolongación es una simple chispa eléctrica, un impulso para nada exógeno que provoca que vuelva a coger la espada en este preciso momento. Así pues, puedo tener por seguro que esta mano no escribirá, ni esculpirá, ni compondrá vitales melodías. De nada servirá sentir, puesto que el ser no encaja con la llama por estar ambos hospedados en ciudades separadas. Es hora de rendirse a la contención, para que la inhibición sea el caldo de cultivo del ataque más descomedido.

Hasta que llega el momento. Ahora procede ¿Para qué estar callado en un mundo rendido a los halagos? ¿No será cuestión de defender el castillo de escarcha que tuve a bien construir entre cuentos de druidas inmortales? Sólo queda seguir recreando la estrategia mayor, ya que la gran menor es un espejismo de dudas en los canales de la no ponderada desazón.

Todo se remite a lo mismo, impulsos. Haberes. Quehaceres. Ganar. Pensar. Razonar. No vacilar y destrozar. No parar sino actuar. Mantener la cabeza fría para dar el estoque y así mutilar una vida. ¿Qué es eso si comparamos la salvación de cienes de ellos? Muertos en la ignorancia de un querer plebeyo. Matizados por el helado tumulto de lo que llaman población. ¿Qué es para ellos vivir sino agradecer los aspectos que no entienden y que ni siquiera me voy a molestar en exponer sea cualquiera el lugar en donde estén?

Por eso, sí, por eso estoy yo aquí. Con la espada en la mano y la sangre en el filo. Al gotear el carmesí del acero que en mi mano sostengo, la luz del sol queda absorbida por este líquido que hasta hace breves instantes era el vehículo de vida del sujeto al que he matado. Irónicamente, ahora que la radiación penetra por sus glóbulos rojos, brilla mucho más, dando mayor esplendor al golpe dado.

No hay vuelta atrás. No existe en un lugar que conozco a la perfección y del que sé dónde se encuentran cada una de sus lindes. Son mis fronteras, y si quiero mantenerlas, no debo cejar nunca en hacer lo que sea. Incluso anticiparme. Como hoy.

El extraño que junto a mí yace me aseguró que venía del feudo que se encuentra al otro lado del río. Y es bien sabido por todos que el otro lado no existe.