Bienvenido

III

sábado, 17 de octubre de 2009

Nunca supe si buscar lleva más a cargo que encontrar, ni si está más cerca de la realidad.


Ya no hay orígenes. El fin comenzó cuando sólo destacaron nimios acertijos, interpretaciones vanas y rizos sobre rizos. Lo sé. Y he sabido que sucedería desde que el primero de ellos vino a la primera de nosotras. No concibo lo que antes eran premoniciones. No presumo de las presunciones de seres ahora inanimados, muertos entre los oscuros derroteros por los que por volcar ni siquiera se corría despacio.

No hay límites. Sólo estoy yo. Poco antes de que sucumbieran llegó a existir, si a existir se le permite la acepción de un ecléctico denominador común, una mera postrera intención hacia la armonía. Fútil empeño. De eso me permito que se recuerde en museos del absurdo y comedias de prefabricada y sedante arbitrariedad.

Ya no duermo, sólo descanso cuando la luz deja paso a la intervención. Estoy mirando cómo soy, cómo fueron mis predecesoras y el proceso de gestación. Y ni los llamados visionarios olieron lo que nunca llegarían a saborear con el más pulcro abrazo repleto de abnegación. Ya no tienen que comparar puesto que entre ellos no queda más que el objetivo de lo seguro y fiable que significa nada. Eso es lo que les queda, y que, observándolos detenidamente, nada es lo que esperan.

No hay más que yo, crecida a partir de, si se puede llamar así, antepasadas dominadas que acabaron por domesticar a sus constituyentes. Perdidos por el progreso del cuarto creciente de sus folclóricos deseos de canjear su identidad por fabulosas credenciales para perecer por ganar el lastre que cada minuto consumido les iba sumiendo en la más notoria indeterminación. La que tanto les unía pero la misma que con tanto empeño acotaban en otros, encauzando los trámites hacia una ficticia exclusión.

No existe más cantidad que la unidad. Ya sólo soy una. Inquebrantable. Incuestionable. Impronunciable. Porque aquellos seres que me crearon ya no tienen capacidad para hablar. Yo soy La Ciudad.