Bienvenido

Tres letras

jueves 22 de enero de 2009

Él no había hecho otra cosa más que seguir. Nunca paró. Desde bien niño, las luces eran las hermanas de unas sombras que iluminaban su atardecer. Y de eso hace ya que llovió. Aunque a veces, cuando se sienta y deja entrar el aire fresco del recuerdo olvidado, un tiralíneas permite trazar, a través de un punto de fuga en el horizonte de su memoria, múltiples rectas donde los lugares, las sensaciones, las personas, se van colocando con un orden y una claridad que él mismo en ocasiones se sorprende, pues, por citar un ejemplo, según su cartografía memorística, el lugar donde, siendo un crío, esculpió una de las columnas que dan la bienvenida a la antigua casa victoriana donde descubrió los primeros azares por la llamada del púber, es el mismo que vio dar a luz a su nieta de menor edad. Y eso es cronológicamente imposible, ya que, tras la mal llamada guerra de las culturas, su familia tuvo que dejar la tierra natal para establecerse allende los mares. “Es curioso – piensa – cómo el tiempo nos plantea el acertijo. Pero lo es más cómo nosotros no llegamos a resolverlo”.

Tras la parada obligatoria, deshace todos los rasgos ya dibujados para continuar su trayecto, para desenlazar el nudo que lleva atado en su alma, pero que, tras tantos años, no ha logrado desentramar. “El paseo – se dice en voz alta – es un acto que devuelve al ser su cordura, y que, como tal, ancla al humano a su condición animal. Y ambos factores chocan estrepitosamente a la hora de coexistir en un mismo lugar”.

En su andar continúa, cuando, junto a un sauce, nota un brillo que, por su intensidad, logra despertarle de tan ensimismado trance. Decide acercarse, a pesar de con ello perder momentáneamente la visión. Cuando llega al origen de la lumniscencia, sus manos perciben un objeto suave, fino, aunque frío al tacto. Una botella de vidrio. En el instante en que el efecto deslumbrante finaliza, vuelve a abrir los ojos, observando que es de color verde, como las de vino, y que encierra con un corcho una hoja de papel enrollado.

Al destapar el recipiente y dejar caer el tesoro que contenía, un escalofrío le recorre toda la espina dorsal. “No es tal la soledad de quien envía mensajes en una botella, ni de quien se entretiene en leerlos, sino que el afán de leer y ser leído va más allá de toda comprensión”.

Al desliar el cilindro, la primera impresión la recibe de la forma de la nota en sí. Rectangular, blanca, sin florituras. Pero lo mejor llega cuando lee el mensaje:

“Voy”

Tan sólo tres letras conformando una palabra. Tan clara y concisa como enigmática y abstracta. En un principio no reacciona. Y, tendrían que ver la estampa de un hombre mayor, quieto en medio de la calle de una gran ciudad, rodeado de un vaivén de personas que reposan su mirada en un área indeterminada al frente de ellos, dirigiendo sus pasos hacia el sitio donde el día a día les lleva sin preguntarles por su destino. Entre toda esa marabunta, él reposa, agarrando con una mano una botella vacía de vino por su cuello, y con la otra asiendo un papel en blanco en el que destroza la armonía de la celulosa un deseo que va más allá de toda voluntad, que es movimiento en estado puro.

De repente, el hombre levanta su cabeza, da una vuelta completa sobre sí mismo contemplando lo que hay a su alrededor. Créanme cuando les digo que fue en ese momento en el que una lágrima afloró por el ojo cansado del viejo. Entonces, guardó la botella en un bolsillo de su abrigo, miró de nuevo la nota, y su pensamiento surgió de su boca sin que nada intermediara en su pronunciación:

“Ha llegado la hora de escribir que yo también voy. Allí nos vemos”.

3 comentarios:

S. Dedalus dijo...

«No es tal la soledad de quien envía mensajes en una botella, ni de quien se entretiene en leerlos, sino que el afán de leer y ser leído va más allá de toda comprensión»

Esta es la frase magistral del relato. Absolutamente cierta. Tan enigmático es el «Voy» de más adelante como ese afán.

Borja F. Caamaño dijo...

En ocasiones también yo me he descubierto paseando por la playa y, futilmente, buscando una botella con un mensaje en su interior.

La última vez fue en Puebla, mientras un barco ardía en la ría, esperando a que nos dieran segmento para subir al satélite y mostrar esas importantísimas imagenes a la audiencia.

Al final no hubo directo.

Un fuerte abrazo desde el Otro Lado

Ojalá supiera qué es solidaridad dijo...

S.Dedalus, enigmático, y sin embargo tan claro y conciso.

Un saludo.

Borja, una verdadera pena el que no hubiera directo. Si fue por el satélite, una putada. Si fue porque no encontraron hueco para la noticia, un desastre.

A veces pienso que las búsquedas son futiles, los encuentros son los más importantes.

Un abrazo binario.


Óliver