No desgastar, reza el cartel
colgado en un capitel de las mil columnas sin nombre,
las que soportan, aunque no lo soporten,
las estructuras de presentes sin pasados ni futuros,
la pérdida de la afirmación aunque fuera durante un segundo.
La abnegada necesidad del brillo
planea sobre nidos de antenas,
marañas de cables y metralla,
sobre vivencias de esparto y colmenas
donde las abejas no son precisamente obreras,
ni las reinas disponen de la miel a gusto,
y los zánganos, claro está, como buena fábula que se precie
son los que darán la moraleja al cuento,
que por no tenerla, me la invento,
y ésta es que los ignotos animales
aspirantes a ficticios currantes,
no saldrán a la palestra por un mendrugo
para la merienda, ni mucho menos,
que os lo digo yo, dominarán el mundo,
aunque en su vida hayan sudado una gota sola de esfuerzo.
Así que, tras la presentación realizada
recojo los bártulos y mi tienda de campaña.
Ni patria, ni dios, ni santos, ni héroes,
ni tampoco divinidades varias.
Irrealidades en un saco lleno de ortigas,
navidades y atrocidades en un planeta con mucha hambre,
repartida entre todo aquel
que quiera comer de las sobras que sólo unos cuantos
dejen en el plato de la avaricia, y del que no se descarte
el precio de la metáfora en esta vil patraña,
donde los insectos caen en la tela de araña
de la canción de cuna de aquellos que presentan el respirar
como rocas de azufre llorado en el trayecto de esta espiral
que, al igual que en una atracción de feria,
nos creeremos sentados ante una sobria mesa,
cuando lo peor ante tan mal agüero
es no perder de vista el abrevadero lleno del heno
del que más tarde y con ansiedad todos comeremos.
Se acaba, pues, con estas palabras
la fábula del cuento a la carta,
si no querían escucharlo, para qué se paran,
si por no dejarnos llevar nunca quisimos ir más allá.
Y a los que las esquinas maravillen por su crudeza,
les recomiendo que pasen por las tiendas
donde el plástico es el mayor de los valores al alza,
para admirar y para declarar
que no fuimos nosotros, que fueron otros
los que nos dejaron tirados en la cuneta,
y que, por lo tanto, serán ellos
quienes nos sacarán de este sucio sumidero,
ya que para mover una pierna lo debo hacer
con el infranqueable permiso de mi pie.
Y si no quiere, no seré yo quien le niegue
tan alto grado de responsabilidad,
ya que si cada día pisa la tierra que sólo veo,
tendrá más idea que yo de caminar y de correr,
y mis fatuas ideas sobre saltar
son absurdas por quedar encerradas en la penumbra,
que por histriónicas en su zulo para siempre permanecerán.
La perdurabilidad
sábado, 17 de enero de 2009
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6 comentarios:
Estás hipercreativo... y yo que me alegro. Creo que este tema nos tiene a todos bastante conmocionados.
Un abrazo.
Una barbarie como la que se está cometiendo en Gaza, y hoy un periodista en un telediario hablando de los increíbles esfuerzos de la diplomacia española. Me río por no llorar.
Un beso.
Es demasiado... demasiado largo, Oliver.
Hoy creo que me ha pillado la gripe y, bueno, tan sólo me acerco para agradecer tu último comentario...
Un fuerte abrazo desde el Otro Lado, con distancia para evitar el contagio, y con la promesa de que volveré para leer en condiciones este último texto tuyo.
Pues nada, que te mejores. De nada por tus gracias.
¿Largo? Pues espera cuando salga en DVD "The director´s cut".
Un saludo binario.
Óliver
Hooola:
Ni largo ni corto, no desperdicias palabra alguna, demasiadas verdades quizás para tan pequeño zulo.
Comenté el poder del plástico en nuestras vidas, pero fui bastante más vulgar.
Me alegro de leerte, Ignacio
Ignacio, y yo me alegro de que me leas.
Algo tan personal sale de dentro, en mi opinión, en su justa medida. Y es lo que he plasmado.
Y sobre lo de vulgar lo dices tú. A partir de ahí todo es partir desde muy abajo.
Un saludo.
Óliver
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