Las miserias se visten de blanco,
el periódico no destapa las balas,
que de un tiempo a esta parte
no permiten balancear el oxidado columpio
con el que jugamos a ser niños y frailes.
Adalides de la discordia,
fragua de témpanos de hielo,
marejadilla tirando a marejada
de la sangre vertida en una copa,
que a mí no me digan
significa hoy más que nunca
el hermanamiento hecho alianza.
¿Dónde estamos ahora?
Seres climáticos,
vagando por los rescoldos
de la basura y la penuria
de un malgastado y sucio ombligo,
al amparo del negro oro maldito,
que facilita la muerte en carne viva
de un pueblo que sólo quiere
degustar el mismo aire que yo respiro.
No, resulta que es más importante
el vivir bajo la falda,
el criticar vestido de opinar
sobre una estúpida falacia
acerca del milagro hecho bondad,
del enorme acierto humano al crear la gran ciudad,
de la estrechez de miras
al dejar en manos de la política
aquello que realmente nos concierne.
Sí, escuchad, estoy hablando de muerte.
Seguiremos viviendo impasibles,
aclarando nuestras voces con lágrimas
de cocodrilos insignes,
sollozando por una uña rota
en el vacío ocupado por la grasa de McDonald´s.
Mientras, no muy lejos de aquí,
donde algunos sitúan el origen
de nuestras fáciles plegarias,
los corderos mueres masacrados
por estúpidos corderos con tanques en sus manos,
y donde el petróleo nubla la mirada
de sus traidores hermanos,
cerrando sus bocas e impidiendo
parar este escándalo que ya no sofoca ni al Dalai Lama.
Tan sólo a los muertos en Palestina,
que también lo fueron en Yugoslavia,
en Tailandia y hasta en Checoslovaquia,
deciros que no os queda ni un consuelo,
puede que un par de gotas saladas
secadas en mi pañuelo,
falsas, como un duro de plástico,
como el escaño de un parlamentario,
como el alma del profeta y su sudario,
como las nieves de primavera
en un inerme futuro sin sorpresas.
Ya que si alguna vez pensáis
que me escandalizo
al ver a un tiburón merendarse un débil pescadito
os equivocáis por completo.
Vivo en el primer mundo,
burgués para más reseñas,
acomodado a una vida más que placentera,
con la única preocupación
de saber que mi vecino está peor que yo,
siempre y cuando no me moleste
la policía, al querer investigar
qué le pasó al pobrecillo cuando se tiró,
harto de estar sentado,
por el balcón del piso número trece.
¿Dónde?
jueves 8 de enero de 2009
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8 comentarios:
la hipocresia forma part del nuestre món. només veiem les guerres telebasúriques que munten a la caixa tonta...
Per cert, a mi el número tretze em dóna bon rotllo
Salut
Si només fora això, Cesc. Crec que aquesta es només la superfície.
Ara mateix no sé qué pensar: si diem que som hipòcrites és perque de vegades no ho som. Però si som hipòcrites per naturalesa, no cal que ho diguem. Només cal dir que som persones, la hipocresia ve implícita.
Salut
PD: Supose que el número tretze és un altre aspecte cultural. A la Xina és el vuit, o el nou (o és al Japó, no ho tinc clar i no vaig a buscar-lo, soc un gandul!!!!!)
Y así vivimos todos, burgueses aunque lo neguemos, tratando de convencernos a nosotros mismos y al resto de que somos diferentes al resto pero...
¿lo somos realmente?
Un fuerte abrazo desde el Otro Lado.
Yo creo que la prueba ha sido definitiva con el estado del bienestar. La diferencia de clases se ha difuminado, el cuello azul ha perdido su esencia. Es lo que queríamos y es lo que tenemos. Somos burgueses. Vamos, esa es mi impresión.
¿Diferentes? Una parte de nosotros es similar al resto, y para prueba, la aldea global en la que estamos, provocando la desaparición del concepto pueblo con la consiguiente eliminación de la identidad como tal. La otra, en algunos momentos autosilenciada, en otros borrada, o incluso olvidada, hasta tal punto que los estallidos de ira pienso que son a causa de esa represión sobre uno mismo.
Pero todos estos desvaríos se me ocurren en el periodo entre levantarme y el café. Así que voy a ver si me despejo un poco.
Un saludo binario.
hay que señalar diariamente nuestra condición hipócrita: ¿algún día salvaremos de la muerte a tantos como ahora mueren por nuestra pasividad?
Como ya le he contestado a Cesc, no hace falta decir que somos hipócritas, viene de fábrica.
¿Salvar? Me gusta poco esa palabra. Me produce una sensación de heroicidades utópicas, guerras absurdas, y, desde luego, ayudaría poco, desde mi punto de vista, enarbolar cualquier tipo de estandarte por la salvación. Más bien por la ayuda. Pero como dice Sabina "no hay ser humano que le eche una mano a quien no se quiera dejar ayudar".
Y en el caso de la matanza de Gaza, sigo repitiendo lo mismo, ¿y la Liga Árabe? 7 son los países pertenecientes tanto a la liga árabe como a la OPEP. ¿Dónde están? ¿Apelando a la diplomacia en la ONU? Seamos realistas, hay maneras que ni conocemos de presionar, pero ¿por qué coño no interesan ni a sus hermanos los pobres palestinos? ¿Hablas de salvar?
Pedro, siento decirte que Spierlberg ya lo hizo con el Soldado Ryan, y le salió un film más que notable.
Un saludo
Te remito aquí:
http://loslatidos.blogspot.com/2009/01/poltica-un-pueblo-vencer.html
Impotente, Ignacio
Desde luego, Ignacio, mucha impotencia. Lo mejor de todo esto es que el pueblo se manifiesta, y no sólo por alzacuéllicos insultos a la especie humana, en forma de "manifestaciones" ¿por una familia? Como si fuera a desaparecer.
Eso sí, Cristo habló de respetar la vida, y no he visto a ningún sotana organizar ni una manifa, ni siquiera ir encabezándola. Qué mundo este.
Como dice Saramago, "en cuanto a nosotros, seguiremos manifestándonos".
Un saludo
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