Al caer la noche,
las dádivas se alejan
del tumulto provocado por el ruido de quien lo soporte,
los flujos oscurecen
los puntos más alejados en un péndulo marcado
por un suave aleteo
de báculos ajados y fríos,
asomando por rendijas
de un viejo canto en un callejón sin salida.
La reinvención de las llamas,
la repetición de los clamores,
callados por gritos aún mayores
y por especies no extintas vestidas con eclipsados uniformes.
Reventemos de una vez ya,
muramos en el obligado exilio
de fosas sin un abismo,
de universales vientos
sin paz para el absentismo,
en el cataclismo sonoro de una lúgubre lumbre
avivada por el terremoto ausente de océanos que nos inunden.
Iniciar la cuenta atrás,
ese es el espacio final,
donde no llegamos por insistir siempre en la misma canción,
la que ahora mismo escribo
y que de memoria, sin pausas y del tirón yo recito.
Adiós a las tardanzas
establecidas al vapor de un viejo turno de marras,
que llama a la puerta sin pedir a cambio mi alma.
Adiós a las disparatadas contiendas
por las que al leer el periódico me estafo,
por las que quiero escuchar algo nuevo
y de nuevo me producen un hastío algo más que amargo.
Provocando que, al igual que el abecedario,
reitere la historia que siempre se diluye
en el agua del mismo cenagoso charco.
Yo parto, reparto, hago y deshago
mis propios escritos,
sin ánimo de implicar,
sin querer perder el hilo
que paso a paso voy logrando,
viajando por el inhóspito paraje que, forjado por los años
y por la sequía de la ácida lluvia y de la nieve del mediodía,
por fin puedo descifrar y descubrir.
Que la única pretensión de plasmar mis vivencias, experiencias,
y demás vicisitudes expresadas en este llanto
es la querencia de quererme conocer.
Lo demás, si me permiten opinar,
queda más lejos que mirar de cerca una célula
en parques extraviados, poblados por saciadas libélulas,
repletos de salmones ahumados con la brasa de maderas rancias,
húmedas, arrogantes y ávidas de cansinos ritmos,
sin caer en la cuenta de que hace ya milenios
que no salimos del mismo trance,
en el que entramos como pollos en el matadero
y del que nos gustaría escapar,
pero que no lo hacemos porque no queremos que llegue
la gratificante fecha de nuestro añorado entierro.
Al caer la noche
lunes 12 de enero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

6 comentarios:
Nuestro entierro es siempre, siempre, una fecha agradable, aunque no lo entendamos.
Otra paradoja, y me gusta. Desde luego, el entierro marca un antes y un después, y sólo por eso, ya merece la pena.
Un saludo, Óliver.
Yo parto y reparto, dices;
¿eres pues el rey lagarto?
Un abrazo.
Rey lagarto no sé,
pues no me va la monarquía,
aunque sí una buena cerveza fría
que ahora, con gusto y a su salud
me voy tranquilamente a beber.
Un fuerte abrazo.
Te devuelvo, agradecido, la visita a mi blog. Y coincido con Pedro, para fechas agradables, nuestro entierro. Saludos
Gracias a ti, Isaac.
Te repito, pues, lo mismo que a Pedro. Una paradoja, que no obstante, vale la pena afrontar.
Un saludo.
Óliver
Publicar un comentario en la entrada